Durante mucho tiempo mi mera existencia, mis pensamientos, mis ideas y reflexiones fueron un secreto descomunal que sólo compartía conmigo misma o con el papel. Lo que me gustaba y lo que me dejaba de gustar. Lo que deseaba en silencio. Mis sueños. Mis lecturas. Toda mi vida un profundo secreto bien guardado en mi interior. Yo misma, mi tesoro.
Me acostumbré a no revelarme. (Nota: revelar de revelación, con "v", no rebelar de rebelión). Mi ser anodino que campaba por el mundo no tenía nada que ver con mi gran secreto interior. Hablar de mí se convirtió en el mayor de mis tabúes. Las cosas que me pasaban y sólo conocñia yo. Mi propio dolor, jamás compartido. Conocerme era un labor imposible.
Fue ya rondando ya veintena cuando me atreví, por circunstancias, a dejarme conocer. A contar cosas. Y, como si hubiera roto la presa, años de secretos salieron como una avalancha. Las palabras jamás dichas, mis facetas escondidas. Revelé más de la cuenta. Encontrar el equilibro entre qué decir y qué guardarme me costó. No estaba acostumbrada a sopesar, sino simplemente a cerrar la boca.
Empecé a tener otro tipo de secretos. Secretos parciales, que unos sabían y otros no. Dónde estaba y con quién. Por qué. Esas cosas me desquiciaban al principio, pero ya no. Versiones. Como ver dos programas de la tele al revés. Dónde has ido. Con quién. A la gente le molesta más un "¿a tí que te importa?" que una versión alternativa. Tomad, hijos, otras respuestas. No tengo por qué justificarme ante vosotros, pero me aburre que me deis el coñazo. Es puro pragmatismo. No tengo fuerzas para cabrearme.
Así que ahora disfruto de mis secretos. No pueden volver a hacerme daño. No callo por miedo, callo porque es lo más práctico. Mis interlocutores privilegiados tienen un mapa completo del asnto. Quien logró conocerme ha conquistado esta cima. Conocer mis secretos.
Empecé a tener otro tipo de secretos. Secretos parciales, que unos sabían y otros no. Dónde estaba y con quién. Por qué. Esas cosas me desquiciaban al principio, pero ya no. Versiones. Como ver dos programas de la tele al revés. Dónde has ido. Con quién. A la gente le molesta más un "¿a tí que te importa?" que una versión alternativa. Tomad, hijos, otras respuestas. No tengo por qué justificarme ante vosotros, pero me aburre que me deis el coñazo. Es puro pragmatismo. No tengo fuerzas para cabrearme.
Así que ahora disfruto de mis secretos. No pueden volver a hacerme daño. No callo por miedo, callo porque es lo más práctico. Mis interlocutores privilegiados tienen un mapa completo del asnto. Quien logró conocerme ha conquistado esta cima. Conocer mis secretos.

1 comentarios:
No es cuestión de buscar un equilibrio entre no contar nada y saber callar algo, se trata más bien de, en cada momento,tener claro que es lo que se quiere hacer.
Habrá momentos en la vida en que tendremos ganas de no hablar y guardarnos todo para nosotros, nuestro dolor o nuestras alegrías serán sólo nuestros y encontraremos una cierta satisfacción en ser como somos, superar las cosas solos e incluso a veces sentirnos incomprendidos por gente a la que no le hemos contado nada.
En otras ocasiones tendremos ganas de contarle a cada persona cosas de nosotros, quizá por impresionar, quizá por compartir como somos o incluso por intentar que alguien nos recuerde bien.
No hay opción mejor que otra y no hay mayor valía en un camino que en otro. Al final mejor ser uno mismo y cambiar cuando te apetezca, hablar cuando se quiere y callar cuando se desea, pero hacer siempre lo que quieras en ese momento.
Publicar un comentario en la entrada