Fue un 26 de Agosto, cumpleaños de mi padre. La tarta repugnante de nata con cosas descansaba en la nevera de mi abuela la del pueblo, bajo un plato de pescadillas a medio descongelar, que goteaban sobre ella.
Habíamos comido, como siempre, pollo a la cerverza. Era la especialidad de mi abuela; es decir, lo único que cocinaba. Pero a la gente no le imortaba, porque aquel día había una tarta descomunal. A mí, que las tartas no me gustan, me seguían rugiendo las tripas y suspiraba por algo que llevarme a las tripas.
Mi padre anunció que iba a por la tarta. Medio minuto después, un alarido apocalíptico llegó desde la cocina y en un torbellino de farfulleos, regresó al comedor y berreando como un energúmeno "lapescadillaloscojonesquiéneselgilipollasqueponeadescongelarencimadelatartaunapescadilaaaaaaa" dejó caer el delicado trabajo de repostería sobre la mesa desde medio metro de altura.
Se hizo el silencio. La nata había saltado en todas direcciones: las gafas de mi abuela, la cara de mi tía, mis hombros, la camiseta de mi primo. Mi padre y su vena del cuello se enrojecían en su propia dimensión, como a punto de matar a alguien.
Mi abuelo lo miró.
Miró la tarta.
Miró las gafas de mi abuela.
Alargó la mano y pringó los dedos en la nata de los cristales. Se los chupó.
"Pos está buena, la tarta"
Y siguió recolectando nata de las gafas de mi abuela. Mi primo empezó a lamer su camiseta. Mi tía, a descojonarse limpiándose con la servilleta. Mi padre empezó a reírse también, y a partir y repartir la tarta, y todo fueron sonrisas y armonía familiar hasta que le incrusté el codo en la cara a mi primo por intentar lamerme la nata del hombro.
Moraleja: no mezclar la nata con la pescadilla.
Se hizo el silencio. La nata había saltado en todas direcciones: las gafas de mi abuela, la cara de mi tía, mis hombros, la camiseta de mi primo. Mi padre y su vena del cuello se enrojecían en su propia dimensión, como a punto de matar a alguien.
Mi abuelo lo miró.
Miró la tarta.
Miró las gafas de mi abuela.
Alargó la mano y pringó los dedos en la nata de los cristales. Se los chupó.
"Pos está buena, la tarta"
Y siguió recolectando nata de las gafas de mi abuela. Mi primo empezó a lamer su camiseta. Mi tía, a descojonarse limpiándose con la servilleta. Mi padre empezó a reírse también, y a partir y repartir la tarta, y todo fueron sonrisas y armonía familiar hasta que le incrusté el codo en la cara a mi primo por intentar lamerme la nata del hombro.
Moraleja: no mezclar la nata con la pescadilla.

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